Prevención cuaternaria

La prevención cuaternaria es la versión práctica del primum non nocere. El término en sí mismo puede ser poco conocido pero no dudo que todos los médicos (o por lo menos eso quiero creer) somos conscientes de su existencia y lo ponemos en práctica a diario. Se podría definir como el conjunto de actos que realizamos para evitar o paliar las consecuencias de las intervenciones sanitarias innecesarias o excesivas del sistema sanitario. En definitiva, consiste en evitar la iatrogenia. La prevención cuaternaria sólo trata de evitar o paliar la parte médica de la medicalización de la vida diaria.

La medicalización de la vida diaria es el proceso por el que eventos y características de la vida cotidiana se convierten en problemas médicos, y por lo tanto son estudiados y tratados por médicos y otros profesionales de la salud. Es decir, tratar problemas no médicos como médicos. Hay que tener en cuenta que no todo síntoma, factor de riesgo o sufrimiento es una enfermedad.

Definir los criterios de enfermedad ha sido tarea de los médicos. Pero se ha dedicado menos tiempo al concepto de “no enfermedad”. El British Medical Journal publicó hace años una encuesta entre sus lectores que realizó a los médicos para identificar no enfermedades y los 20 resultados más populares fueron: envejecimiento, trabajo, aburrimiento, bolsas en los ojos, ignorancia, calvicie, pecas, orejas grandes, canas o pelo gris, fealdad, parto, alergia del siglo XXI, jet lag, infelicidad, celulitis, resaca, ansiedad por el tamaño del pene, embarazo, enfado al volane y soledad. Como se puede comprobar, aunque puede que la mayoría no consideremos enfermedades estos procesos, existen en la actualidad unidades, profesionales especializados, tratamientos médicos y quirúrgicos para los mismos. Hoy en día, cualquier proceso considerado como un problema o un inconveniente, es susceptible de ser medicalizado. El ejemplo más sencillo es cómo unas enfermedades autolimitadas que pueden ser tratada con medidas higiénico-dietéticas como la diarrea o infecciones víricas de las vías superiores son tratadas farmacológicamente. Ni que hablar del exceso de tratamiento de algunos factores de riesgo o medidas de cribado que introducen a un mayor número de “presuntos pacientes” al sistema sanitario. La medicalización es un factor de riesgo para una mayor medicalización.

En la asistencia neurológica diaria se suben al carro de la medicalización y la polimedicación muchos procesos: la ansiedad reactiva a un proceso, el “insomnio crónico” del anciano aislado socialmente que desea dormir 12-16 horas al día con una baja estimulación diurna y  que acaba tomando dos o tres benzodiacepinas distintas a lo largo del día o la noche, los problemas de atención por efectos secundarios de antidepresivos (y no hablemos de dosis), ansiolíticos u opiáceos cuando no de riesgo de caídas nocturnas o diurnas en población anciana, la utilización de “vasodilatadores periféricos” para el tratamiento de los problemas de atención y memoria de dudoso o nulo efecto terapeútico, el exceso de pacientes antiagregados con unas dudosas focalidades neurológica con hallazgos incidentales en la imagen hasta el seguimiento de estos mismos hallazgos accidentales por pruebas muy costosas.

La medicalización de la vida tiene otros muchos “efectos secundarios” en los “presuntos pacientes”. La población va disminuyendo la tolerancia a la enfermedad y a las vicisitudes de la vida, participa menos del autocuidado, de la promoción de la salud (ejercicio, deporte, buena alimentación, evitar la obesidad, tabaco, alcohol, cocaína…) y de la búsqueda de recursos personales para la solución del problema, haciéndose dependiente del sistema sanitario.  Es decir, para el paciente la solución del problema pasa por tomar una pastilla que le ayude a controlar un factor de riesgo y se evita la obligación/necesidad de controlar el consumo de grasas, sal y realizar ejercicio físico… Esto a su vez genera mayor percepción de insatisfacción en el sistema sanitario

La medicalización, la polimedicación y el sobrediagnóstico lleva también a un mayor riesgo de interacciones medicamentosas, reacciones adversas y  cascada asistencial (de especialista en especialista). No hay más que mirar los datos: una de cada 5 prescripciones son inadecuadas y este porcentaje llega al 35 % en los ancianos.

Todo ello se relaciona directamente con una mayor morbilidad, deterioro funcional, institucionalización, hospitalación y muerte.

Para acabar esta entrada, no olvidar la ley de Murphy de la polimedicación que predice que, de los diez medicamentos que se prescriben a un anciano, acabará por tomar los tres o cuatro que son perfectamente inútiles.

Acerca de Tomás Pérez Concha

Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad del País Vasco. Especialista en Neurología vía MIR. Máster en Medicina Evaluadora y Peritaje médico por la Universitat de Barcelona. Capacitación técnica específica en Neurosonología por la Sociedad Española de Neurología.
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